Midnight Nowhere, Medianoche en ningún lugar

La industria y la infancia perdida

Hace mucho mucho tiempo… cuando era apenas un niño viví una época especial. Mi infancia transcurrió, como la de muchos, en un momento de nuestro país en el que las recreativas recibían la misma consideración que las populares tragaperras y la consola doméstica estaba en pañales, el ecosistema de ordenadores era extenso y tenía un buen surtido de juegos pero la maquinaría era cara. Muchos entendían todos estos trastos como un juguete más, no veían que significaba el nacimiento de una industria, un compendio de ciencias y arte, y yo tampoco.

Lo que me quitaba el sueño no eran todos los tejemanejes que comentamos ahora, nada de fusiones, divas y técnicos cualificados trasladando su experiencia a otro bando, no, nada de eso, siendo sincero, lo único que me importaba era ver como podía jugar con algo similar a un dibujo animado en una televisión más grande que mi torso. Era un niño y solo quería divertirme, pero al poco tiempo me encontré queriendo saberlo todo sobre el mundillo, desde como ocurría aquel milagro hasta, por supuesto, conocer todas las novedades que podría encontrarme al día siguiente, ya fuese para alquilar o con mucha suerte comprar. Durante algún tiempo pude disfrutar de casi todo, o al menos conocerlo, bien por alquileres, revistas, conversaciones, o sencillamente por acercarme a los expositores de una gran superficie. Al menos eso creía.

La producción de nuestra niñez no era como la actual, es cierto que había muchos juegos y que en muchos casos apenas nos llegó toda la producción, también que había juegos de gran presupuesto, pero se producían de otra manera, era algo casi artesanal. La figura que mi compañero R. Nafria se obceca en recordar, y que posiblemente los veteranos no puedan olvidar, la del hombre orquesta, era la más habitual. Hablo de ese señor, casi un empresario, que tenía que programar, aprender algo de arte y con mala suerte música al mismo ritmo que la competencia y sus compañeros. Esa imagen romántica junto al pasar de los años ha hecho que, igual que en el cine, haya nostálgicos que prefieran otras épocas.

Algunos dirán que antes los juegos eran más largos, recordando solo la época de los 16 bits o los juegos de PC de finales de los 90, pues nunca hubo 8bits, el Spectrum no existió y las recreativas son un fantasma. Hay quien piensa que antes se producía menos o de mayor calidad creyendo que todo lo que el veía en la Hobby Consolas era lo que se producía a nivel mundial, como quien ve la portada de Anait games y cree que no existen más juegos independientes (mis queridos compañeros no pueden dar a basto). Es fácil oír que nunca se hicieron más adaptaciones de videojuego a película de las que se hacen ahora, como si el catálogo de la vieja Nes no contara. Por supuesto, también me cuentan a menudo que todos los nuevos juegos son repetitivos y nadie espera jamás nada fuera del terreno de los FPS, porque en realidad las plataformas y las aventuras gráficas no vivieron su época de gloria. Incluso en algún momento se escucha la locura de que hay «demasiados juegos buenos», como si todos los AAA fuesen buenos o como si todos nos fuesen a gustar, bendito marketing.

El mundo del videojuego es una industria cultural floreciente con todo lo que ello conlleva. La fea verdad en la que parece que nadie piensa es que tras esta afición, al igual que en el resto de industrias culturales, hay oficios y la postre deben dar dinero para que la gente coma. Nadie parece querer ver que todos los supuestos males son una consecuencia directa de la producción en serie o de la implantación de sistemas de obsolescencia planeada, peor aun, puede que sencillamente sean modas. Esta producción en masa tiene sus virtudes, genera una industria, hace que mucha más gente pueda comer del negocio, y además, consigue que esos videojuegos de cara producción lo sean con mejor acabado. Tu FIFA o Final Fantasy nunca lucieron mejor. Esto no es algo malo, para las apuestas arriesgadas ya están los independientes o los años de vacas gordas.

Esos lloros que comentaba, como los excesos de diseño o los clichés de las críticas, son modas. Nadie en su sano juicio querría ver en los estantes solo libros largos o cortos. Hay historias que son más legibles en formato cuento, otras mejoran si se desarrollan sus personajes. Ninguna persona cuerda vería como factible la posibilidad de leer o conocer toda la producción mundial de libros, ni siquiera la de un solo año. Ninguna librería, revista literaria y menos una editorial manipularía para dejar a un género por encima de todos indiscutiblemente. Y me hastía concebir a alguien tan ingenuo que piense que un autor, programador o diseñador de cualquier clase que le entretiene no merece al menos poder comer por su esfuerzo a jornada completa.

Es bonito crecer y conservar la ilusión por un juguete, un juguete maravilloso que puede servir a los adultos igual o mejor que a un niño. Creer que un producto es todo es magia y aparecerá en tus manos el solito como quien espera un regalo de Papá Noel es genial, y también lo es que las revistas especializadas nos sigan tratando como si fuésemos críos ávidos de experiencias nuevas, pero en el fondo todos hemos crecido. No voy a ser tan derrotista como mi querido Andresito de El Pixel Ilustre y a decir que son solo juegos, que solo sea un juego es algo maravilloso. Lo que necesita esta industria es que sus consumidores crezcan, no basta que envejezcan y los suplanten sus hijos, tampoco ofrecer contenido gratuitamente obsceno o pajas culturales para cuatro elegidos, deben madurar de verdad y uno de los primeros pasos es que la crítica especializada trate como adultos a los que ya lo son.

Basta de clichés tontos, ¡creced!

  1. La verdad es que toca empezar a valorar de forma diferente y presentar de forma objetiva ciertas cosas. Hay gente para la que le parece buen tiempo el sol y gente que le parece buen tiempo la lluvia.

    A mi me dicen que un juego es largo y me parece mal, y me dicen que tiene muchas misiones alternativas y no es nada lineal, y me parece aún peor. Sin embargo se suele valorar como juego de 8, 9 o 10.

    Cuando me compré la PS3 me fie de las publicaciones, jugue al Final XIII y al Uncharted 2, y me parecieron muy lejos de ser grandísimos juegos. Porque lo bueno que tinene son los gráficos, pero no el juego.

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