Steve Jobs

Identidad corporativa

Hace un tiempo bromeaba con un amigo sobre la posibilidad de que Steve Jobs volviese de entre los muertos, esta vez vestido de blanco, para presentar el iPhone 5 y salvarnos a todos de la vulgaridad. La broma fue a parar a una conversación, que a su vez fue a parar a más conversaciones sobre el famoso directivo de Apple. Imagino que esa situación se ha repetido mucho, y en especial en ciertos ámbitos. Lo que es indudable es que la historia, lo divino y lo humano acerca del personaje, ha calado fuerte. El fallecimiento de Jobs se ha convertido en un hito mediático, buena prueba de ello son la serie de artículos en tantos medios que ahora parecen centrarse en darnos cada semana una cápsula más de mitomanía del siglo XXI.

Steve JobsHasta hace no mucho Apple era una marca condenada al ostracismo, mantenida a duras penas por un rancio elitismo ante el predominio prácticamente mundial de los llamados PC compatibles. Entonces no era Jobs el objeto de la atención mundial, no era aún ese genio excéntrico que hoy todos consideran un visionario, ni el sumo pontífice de la nueva era tecnológica. Era, simplemente, otro de esos piratas del Silicon Valley cuya fama se había apagado en favor de la de su Némesis, Bill Gates, que por aquel entonces era el prototipo de gafotas odioso al que todos relacionaban con la informática y al que se le ponía toda clase de satánicos calificativos… Y aquello de ser el hombre más rico del planeta no ayudaba a mejorar la valoración popular.

Pero el tiempo pasó, y Jobs acabó finalmente por despuntar internacionalmente y en solitario con la firme decisión de trascender: Gates ya estaba quemadísimo, su celebridad se limitaba a ser la diana de todas las burlas incluso en su retiro filántropo. Jobs liberó el escenario de artificios y lo convirtió en un auto sacramental minimalista, que inspiraba modernidad sin dejar a un lado cierta esencia de teatralidad. El peculiar espectáculo de Jobs, cada vez más místico, y el hambre por el drama en la sociedad se hacía ya patente hasta en algo tan árido como en esto de las “nuevas tecnologías”.

Estados Unidos es un país todavía joven y, por tanto, carece de mitología propia. Es normal que tanto Jobs como Gates como Zuckerberg ocupen un lugar en el Olimpo de la actualidad, como lo ocuparon en su día Thomas Edison, Henry Ford o Preston Tucker. Son ellos los que han dotado al mundo actual de una parte importante de sus virtudes y defectos, es su vida la que es biografiada hasta extremos sonrojantes, y es su odisea (real o imaginaria) la que vemos en las pantallas de los cines o leemos a modo de folletín.

Lo que antaño fueron guerras de titanes hoy son litigios de patentes entre entidades tan colosales e intangibles como lo fueron aquellos (Google, Apple, Microsoft…). Lo que otrora se arreglaba en tragicómicos duelos al amanecer, hoy se deja plasmado en sentencias jurídico-festivas. Estas noticias de hoy se convertirán en las leyendas del mañana pero, como en la antigüedad, serán la imagen y la (mera) lírica lo que las dé cuerpo y forma, lo que las haga recordables, memorables o épicas.

Seguramente Jobs no fue el único genio de su generación, seguramente no es el más meritorio. Pero es su sombra la que se ciñe y nubla al resto de sus coetáneos porque se convirtió, en base a predicación pre y post mortem, en una idea más que en una persona. Si sus presentaciones, ya ampliamente difundidas, eran una suerte de liturgia del consumo de manzanitas, sus discursos eran sermones de la montaña para ávidos creyentes ansiosos de algo que los hiciese mejores. Su estética, con esos cuellos de cisne y esas gafas redondas, nos han hecho olvidar a los beatniks y a John Lennon a pesar de estar en los mismos antípodas del nihilismo… Es un símbolo, la personificación de una serie de cualidades que no tienen nada que ver con las filias y fobias que podemos tener nosotros, los mortales.

Pocos saben de los verdaderos logros de ese personaje como pocos han leído el Evangelio… Es la difusión de la idea lo que cala, a niveles cognitivos, entre el gran público. Una síntesis apuntalada en pequeños fragmentos de una vida que no fue larga, pero tampoco corta, y que se reduce simplemente a determinadas expresiones, a demasiadas pocas, solamente con el fin de resultar accesible en detrimento de aquello que podríamos considerar condición de “humano”, eso que hace que alguien tenga sus buenos y malos días y entre medias un sinfín de dilemas de todo tipo que apelan a nuestra capacidad de comprensión.

Es de suponer que ahí está el secreto de ese enorme y desmesurado “éxito”: asumir un estatus de personaje público que erradica inmediatamente el calificativo de persona.  Así, mucha gente se acordará de algunos nombres por lo que hicieron… pero ¿y por lo que fueron?

  1. jobs es un payaso ególatra.

    Todo el mundo se ha dedicado a condenar a Bill Gates por acercar a los ordenadores a las personas (a Android – Google- se le alaba por lo mismo) y luego se le lame el ojal a este ególatra que manipula las mentes y coharta la libertad.

    Lamentable.

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